SABIOS
Fui al encuentro de uno de esos hombres tenidos por sabios, en la seguridad de que, de no ser él, nadie podría sacarme de dudas, y de que, una vez avisado podría decir al dios con seguridad: "He aquí uno que es más sabio que yo a pesar de haberme proclamado tú el más sabio." Examiné, pues, a fondo al hombre en cuestión - no hace falta nombrarle; era uno de nuestros hombres de Estado -, y al probarle al conversar con él, he aquí la impreión que me hizo, atenienses. Me pareció que aquel gran personaje que a tantos y a él mismo parecía sabio no lo era en modo alguno, y, convencido de ello traté de demostrarle que precisamente por creerse sabio no lo era. El resultado fue atraerme su enemistad y además, la de varios de los que presenciaban la escena. Entonces me retiré diciéndome: "Sin duda alguna soy más sabio que él. Porque aunque en verdad pudiera muy bien suceder que ninguno de los dos supiésemos nada, él cree que sabe, bien que nada sepa en realidad, mientras que yo si ciertamente no sé nada, también es cierto que estoy convencido que nada sé. Por consiguiente, me parece que soy un poco más sabio que él desde el momento en que no creo saber lo que no sé."


