domingo, enero 14, 2007

EL FINAL DE NUESTRA(S) VIDA(S)

Llegó un momento en la decadencia de su madre en que finalmente hubo que sacarla de su casa, la vieja casa familiar donde Henry creció, y llevarla a una residencia. ... Un año después había olvidado su vida y también su casa. Pero ponerla a la venta parecía una traición, y Henry no lo hizo. Él y Rosalind inspeccionaban de vez en cuando el hogar donde él pasó su infancia y segaban el césped en verano. Todo permaneció en su sitio, esperando: los guantes de caucho amarillo colgados de la pinza de madera, el cajón de trapos y paños planchados, el burro de cerámica vidriada que portaba una alforja de mondadientes.
...
Rosalind y los chicos le acompañaron a limpiar la casa un fin de semana. Todos eligieron un recordatorio: no hacerlo parecía una falta de respeto. ... Trabajaron en silencio, como saqueadores: tener la radio encendida no era lo más apropiado. Tardaron un día en deamantelar la existencia de Lily.
Estaban desmontando el escenario de una obra, un humilde, individual drama doméstico, sin permiso del elenco. Empezaron por lo que Lily llamaba el cuarto de costura: su antigua habitación. No iba a volver nunca, ya no sabía lo que era hacer calceta, pero empaquetar sus numerosas agujas, los miles de patrones, un chal amarillo de bebé a medio terminar, para dárselos a unos desconocidos, era desterrarla del mundo de los vivos. Trabajaron rápido, a un ritmo casi frenético. No está muerta se repetía Henry. Pero la vida de su madre, todas las vidas, parecieron endebles cuando vió la premura, la facilidad con que se empacaban, se dispersaban o se tiraban todos los arreos, todos los detalles primorosos de una vida entera. Los objetos se convertían en basura en cuanto los separaban de sus dueños y de su pasado: sin Lily, la vieja cubreetera era repulsiva, con su motivo descolorido de una granja y manchas de un color pardo claro sobre una tela barata y un relleno tan fino que inspiraba lástima. Una vez vaciados los cajones y estantes, y una vez llenas las cajas y bolsas, comprendió que en realidad nadie poseía nada. Todo es alquilado o prestado. Nuestras pertenencias nos sobreviven, al final las abandonamos. ...
Sábado
Ian McEwan