EL FINAL DE NUESTRA(S) VIDA(S)
-Querida hija mía - dijo -, me gustaría ayudarla. Una vez vino a mí una señora que amaba a un hombre, lo amaba tanto que lo mató. No lo mató ni con un cuchillo ni con veneno sino porque no le daba tregua, lo quería por entero para ella, ansiaba quitárselo al resto del mundo. Pelearon durante mucho tiempo, hasta que un día el hombre se cansó y murió. La mujer lo sabía. El hombre se había ido a causa del agotamiento, de tanto luchar. Hija mía, tiene que saber que existen numerosas fuerzas entre los seres humanos y que las personas se matan unas a otras de muchas formas. No basta con amar, hija mía. El amor puede transformarse en un gran egoísmo. Hay que amar con humildad y tener mucha fe. La vida entera sólo tiene sentido si está animada por la fe. Dios ha dado amor a las personas para que puedan convivir mejor y soportar el mundo. Pero quien ama sin humildad pone una gran carga sobre los hombros del otro. ¿Comprende, hija mía? - me preguntó con dulzura, como el viejo maestro que enseña el abecedario a los niños.
A veces, mientras menos espacio tengo, la distancia entre nosostros es más grande. Tan grande, que ni siquiera ese amor declarado con palabras pareciera alcanzarme. Las heridas son tan profundas, que duelen. No respiro, vomito y me ahogo, todo en silencio. Camino por la calle sin rumbo y sin ver a nadie, de pronto despierto y no se dónde estoy, son rostros desconocidos, todos iguales, como máscaras de la misma tienda. ¿Qué más venderá esa tienda? ¿Tendrá algunos viejos discos rayados, con algún te quiero, tan antiguo como aquellos verdaderos te quiero ya casi olvidados?
Fui al encuentro de uno de esos hombres tenidos por sabios, en la seguridad de que, de no ser él, nadie podría sacarme de dudas, y de que, una vez avisado podría decir al dios con seguridad: "He aquí uno que es más sabio que yo a pesar de haberme proclamado tú el más sabio." Examiné, pues, a fondo al hombre en cuestión - no hace falta nombrarle; era uno de nuestros hombres de Estado -, y al probarle al conversar con él, he aquí la impreión que me hizo, atenienses. Me pareció que aquel gran personaje que a tantos y a él mismo parecía sabio no lo era en modo alguno, y, convencido de ello traté de demostrarle que precisamente por creerse sabio no lo era. El resultado fue atraerme su enemistad y además, la de varios de los que presenciaban la escena. Entonces me retiré diciéndome: "Sin duda alguna soy más sabio que él. Porque aunque en verdad pudiera muy bien suceder que ninguno de los dos supiésemos nada, él cree que sabe, bien que nada sepa en realidad, mientras que yo si ciertamente no sé nada, también es cierto que estoy convencido que nada sé. Por consiguiente, me parece que soy un poco más sabio que él desde el momento en que no creo saber lo que no sé."
Me han preguntado y luego me he preguntado: ¿Qué es la ética?
NO CIERRES TUS PUERTAS
¿Dónde se aprende a ser padre?
¿Para qué quieren sentido las palabras que no son pronunciadas por ellas mismas?